Izquierda, derecha...


"¿Derecha o Izquierda?". Anna dobló a la izquierda sin esperar mi respuesta. Realmente hizo lo correcto. No tenía intenciones de responder. Era una de esos días en que incluso hablar representa un esfuerzo realmente incómodo. Cuando las palabras se reúsan a salir y no hay nada, por emocionante o especial que sea, que le devuelva a uno las ganas de abrir la boca salvo para respirar con fuerza.

Ese día mi nariz estaba tapada, no había oxígeno ni dióxido de carbono que pudiera pasar por ella. Todo por la boca. Hasta las pequeñas partículas de polvo en el aire las sentía entre mis dientes. Se secaba fácilmente y aunque tomara agua en cantidad no podía eliminar esa sensación de estarme secando y disecando por dentro. Como papel, como una sensación marchita.

Anna siguió manejando sin decir más. Prendió la rádio y Bob Marley encendió sus ojos mientras su voz inundaba el carro y empujaba a Anna en un vaivén casi catártico. De pronto su pelo estaba como alimentado por un soplo ininteligible que sólo ella y Bob pdían entender. Yo miraba el espectáculo desde el fondo del asiento, en donde mi cuerpo ya no quería más responsabilidades más que seguir con vida hasta llegar a casa. La presión en el pecho empezaba a hacerse insoportable y las ganas de cagarme en el mundo eran oportunamente, y a mi pesar, reemplazadas por un sentimiento más grande que la rábia... la culpabilidad. Culpabilidad por querer odiarlo todo sin remedio, culpabilidad por querer parecer incólume cuando por dentro sólo sé como carcomerme más las entrañas. Culpabilidad por por no poder sentirme culpable, y culpabilidad por querer hacerla portadora de culpas grátis. En ese momento, la presión en el pecho era insoportable. Mis ojos no encontraban fuerza para permanecer plenamente abiertos. Mi rostro estaba cansado de tanta tensión de sienes y músculos sociales. Pero ella seguía cantando y moviéndose de un lado a otro, a ella no le importaba y permanecía en su própio espacio mientras yo, a su derecha, estaba a mil leguas de distancia en medio del mar.
Cinco masas malignas se tendían en mí entre pecho y espalda. Ella no tiene por qué saberlo. "¿Derecho?".

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por A.M. BRIGANTI

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