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"Es como si se opacaran tus ojos. Pierden brillo. Se nublan y no hay luz".

Cuando ella se abrió de piernas él no supo qué hacer. Se quedó de pié junto a la cama viendo esa inmensa mujer alta y de piel muy blanca tirada entre las sábanas con una expresión que no pudo más que provocarle temor. Temor de no proceder bien, de no tener idea qué hacer o qué decir.
Ella estaba esperando. A medida que el tiempo pasaba ella empezaba a extrañarle su comportamiento. "¿Qué pasa?". Él se queda inmóvil. En ese momento sólo quiere irse. En ese momento ella decidió que era humillante, que era mejor partir.

De pronto la edad era el problema. De pronto ella ya no era deseable. Vio en sus ojos un dejo de impresión, tal vez de asco o algo peor.
Ella era una gran ballena blanca. Eso era todo lo que él podía ver. A Moby Dick.

Él prosiguió, sin embargo, con todos sus temores. Ella fingió muy bien y él no esperaba más. Por lo menos se preocupó por no hacerlo sentir tan mal. Ella lo dejó en una esquina para que tomara un taxi. Ella volvió a su casa, hizo una llamada y regresó a su cama hasta el día siguiente.

Él llegó a su casa y durmió hasta el medio día.

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por A.M. BRIGANTI

brigam@gmail.com